Primeros encuentros con la música y el deporte
Mi historia comienza en 1966 en la Ciudad de México, donde nací en el seno de una familia de clase
media. Siendo el mayor de cinco hermanos, crecí en un ambiente donde la música y el deporte se
entrelazaban con nuestra vida diaria, aunque no de manera formal. Mis primeras memorias musicales
están ligadas a la historia de amor de mis padres, quienes se conocieron en un baile. Mi madre,
educadora, y mi padre, ingeniero civil con una pasión por la música clásica, sembraron en mí un
profundo aprecio por la armonía y el ritmo.
La influencia musical de mi familia se extendía a generaciones anteriores, encarnada en la figura de mi
bisabuela, Mamá Chole, una presencia amorosa con quien tuve el privilegio de compartir 19 años
llenos de enseñanzas y melodías. Ella y mi madre, entonando a dúo, me enseñaron desde muy
temprano que la música era más que sonido; era un lenguaje del alma y un vínculo familiar. Los
domingos en casa estaban impregnados de las sinfonías de Beethoven y la ópera italiana, cortesía de mi
padre, quien también heredó de la juventud el gusto por la serenata.
Aunque no éramos una familia particularmente deportiva, mis padres me inscribieron en clases de
natación a los cinco años, marcando el inicio de mi relación con la actividad física y la superación
personal.
Aquí es donde comienzan a formarse las primeras bases de mi método, aunque en ese entonces aún no
lo sabía. El amor por la música y la disciplina del deporte fueron influencias que, años después, me
llevarían a desarrollar una filosofía basada en la combinación de técnica precisa, autodisciplina y un
profundo entendimiento de los procesos mentales que permiten el aprendizaje a largo plazo.
Adolescencia y juventud: explorando pasiones
Cuando cumplí 8 años, nos mudamos a Cuernavaca, y mi vida tomó un giro que me acercaría aún más
a la música y al deporte. En mi nueva escuela, me uní a la rondalla, donde aprendí a tocar y cantar, y
descubrí el valor de los diagramas de acordes y la notación americana.
Durante el primer año en Cuernavaca, también me inscribí en judo, pero fue el baloncesto el que
capturó realmente mi espíritu deportivo. Bajo la guía del coach Jaime, aprendí lecciones invaluables de
dedicación y trabajo en equipo. La música, sin embargo, seguía llamándome. La generosidad de mi
abuela Amparo nos brindó un piano vertical Petrof, marcando el inicio de mi educación musical formal
con mi tío Carlitos.
Aunque mi tío sugirió que debería considerar estudiar en el Conservatorio Nacional de Música, esta
idea no resonó conmigo ni con mis padres en ese momento. En cambio, seguí explorando mi pasión por
la música a través de los festivales de la canción en la escuela y mi creciente habilidad con la guitarra,
inspirada por una compañera que me introdujo a la trova cubana y la música de Silvio Rodríguez.
Esta etapa representó una verdadera expansión de mi visión sobre la música. Aquí comencé a entender
la importancia de la técnica, pero también cómo el cuerpo y la mente debían estar alineados en perfecta
sincronía para alcanzar un dominio real del instrumento. Estas ideas se integrarían eventualmente en mi
metodología, que más tarde incorporaría conceptos de propiocepción y neuroplasticidad como pilares
del desarrollo musical.
Renacimiento musical y formación académica
En la encrucijada de la adultez, me encontré dividido entre mi habilidad para las ciencias exactas y mi
pasión por la música. Siguiendo el consejo de quienes me rodeaban, opté por estudiar ingeniería
química en la UNAM, poniendo temporalmente en pausa mi viaje musical.
Sin embargo, fue durante mis estudios universitarios cuando un encuentro fortuito con el concurso
internacional de guitarra Manuel M. Ponce reencendió mi pasión. Conocer al maestro Mario Beltrán
del Río y unirme a su taller fue un momento decisivo que redefinió mi trayectoria musical.
Bajo la guía de Mario y posteriormente del maestro Humberto Hernández Medrano, alumno de Dimitri
Shostakovich, me sumergí en el estudio de la teoría musical, el solfeo y la composición. El taller del
maestro Medrano abarcaba un amplio espectro de la teoría y práctica musical, desde la armonía y el
contrapunto hasta el análisis y las formas musicales.
Este periodo fue clave en la formación de mi método. Las enseñanzas del maestro Medrano me dieron
una comprensión profunda de la estructura musical, mientras que mi formación científica me permitía
ver la música de una manera diferente, casi como un sistema estructurado que podía ser descifrado y
perfeccionado mediante la práctica deliberada y el enfoque consciente.
Incursión en la enseñanza y la producción musical
Poco después de terminar mis estudios, comencé a impartir lecciones basadas en el taller del maestro
Medrano. Aunque no siempre tuve un gran número de estudiantes, mi enseñanza se veía enriquecida
por el uso de herramientas digitales emergentes.
Mi primer ingreso como compositor llegó a través de la música para un cuento infantil y,
posteriormente, tuve la oportunidad de colaborar en la composición para una novela de televisión
gracias a mi amigo y compañero del taller, Jorge Avendaño. A pesar de que este proyecto no cumplió
mis expectativas, seguí explorando nuevas oportunidades, como la composición para una obra de teatro
y, finalmente, mi primer éxito notable: la música para el primer comercial del Honda Accord en la
televisión nacional.
Apogeo en la publicidad y el estudio de grabación
Durante los siguientes quince años, prosperé en el mundo de la publicidad, trabajando con marcas
destacadas y estableciendo mi propio estudio de grabación, StormStudios, en colaboración con mi
amigo Rodolfo Martínez. Este periodo no solo impulsó mi crecimiento como compositor y productor,
sino que también me enfrentó a los desafíos de un aprendizaje continuo.
Fue durante un periodo de calma cuando, en compañía de mi amigo Salvador González, decidimos
buscar en Amazon libros que pudieran llenar nuestras lagunas de conocimiento. Adquirimos The Art of
Mixing, un libro que transformó mi comprensión de la producción musical y me llevó a descubrir el
método de oído absoluto de David Lucas Burge.
Dedicando un año completo a este método y explorando posteriormente su curso sobre oído relativo,
abrí un nuevo capítulo en mi viaje musical. Este periodo fue crucial no solo en mi desarrollo, sino
también en la formación de mi primer alumno profesional, Armando García, quien luego obtendría
reconocimientos por sus contribuciones a los proyectos del estudio.
Aquí se empezó a gestar la idea de que el oído absoluto no era simplemente una rareza genética, sino
una habilidad que podía ser cultivada mediante una metodología correcta. Mis investigaciones y
experiencias personales comenzaron a alinearse para formar los principios que más tarde se
convertirían en el núcleo de mi método de enseñanza.
Durante este tiempo comencé a experimentar con la idea de entrenar mi oído de manera sistemática.
Estas experiencias iniciales me llevaron a entender cómo el entrenamiento auditivo podía moldear el
cerebro y mejorar la percepción musical de una manera tan tangible como lo hacía la práctica de un
instrumento. Esta sería una de las semillas fundamentales que darían forma a mi enfoque sobre el oído
absoluto y el relativo en mi método.
Fue en esta etapa de mi carrera profesional cuando tuve la oportunidad de participar en algunos de los
proyectos más importantes como compositor y productor. Trabajé para clientes del más alto nivel en la
Ciudad de México, incluyendo Televisa y TV Azteca, así como en el ámbito publicitario para marcas
reconocidas como Honda, Citigroup, HSBC y Citibanamex. También fui parte de las exitosas series del
renombrado productor Pedro Torres: ‘El Encanto del Águila’, ‘Mujeres Asesinas’ y ‘El Equipo’, estas
últimas justo después de haber estudiado ingeniería de sonido con el gran Ronan Chris Murphy en la
ciudad de Los Ángeles.
Da click en la imagen para escuchar el demo:

Transición al mundo del fitness y el fisiculturismo
La crisis financiera del 2008 trajo cambios en la industria musical que me llevaron a alejarme
gradualmente de la composición y a explorar nuevos intereses, como el fisiculturismo. Guiado por
libros escritos por neurólogos especializados en nutrición, comencé a investigar la relación entre la
función cerebral y la dieta.
Mi transición hacia el mundo del fitness fue impulsada tanto por mi pasión por el deporte como por la
necesidad de proteger mi salud auditiva después de un incidente durante mi práctica de Tae Kwon Do.
Bajo la guía de una nutrióloga, me uní a su equipo de fisicoculturismo y, eventualmente, tomé las
riendas de mi propia preparación.
A los 52 años, gané el campeonato mundial de Masters Men’s Physique de Musclemania 2018 en Las
Vegas, un logro que demostró el poder de la dedicación y la perseverancia.
El proceso de entrenamiento físico se conectó con mi visión sobre la formación musical. El control
sobre el cuerpo, la importancia de la propiocepción y la disciplina del entrenamiento físico son los
mismos principios que, aplicados a la música, nos permiten alcanzar un dominio absoluto sobre
nuestros instrumentos y nuestras percepciones auditivas.
Regreso a la enseñanza musical y desarrollo metodológico
Sin embargo, la música nunca dejó de ser parte de mi vida. La oportunidad de tutorizar al hijo de mi
amigo Julio Flores marcó mi regreso al mundo de la música, esta vez como educador. Este nuevo rol
reavivó mi pasión por desarrollar una metodología de enseñanza innovadora, un proyecto en el que he
estado trabajando durante los últimos 15 años.
Mi propio recorrido, desde estudiante hasta profesional y ahora educador, me ha dado una perspectiva
única sobre el aprendizaje musical y las estrategias para potenciar el talento. A través de mi historia, he
aprendido que no se necesita ser un prodigio para alcanzar la excelencia musical. Con dedicación,
pasión y la guía adecuada, cualquiera puede desarrollar habilidades extraordinarias.
Los invito a acompañarme en este viaje de descubrimiento y crecimiento, mientras exploramos juntos
el fascinante mundo de la música y el potencial ilimitado del ser humano.